Padre Jairo Gregorio Congote: El seguimiento de Cristo

El seguimiento de Cristo presenta unas condiciones muy claras: posponer el afecto familiar, abrazar la cruz de cada día, y estar dispuesto a perder por él incluso la propia vida. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Impresiona este lenguaje y actitud radical y de estilo profético. En cuanto a los vínculos familiares es evidente que Jesús los relativiza como lo hace en el episodio de su “pérdida” en el templo y en las llamadas vocacionales. Ante la primacía del reino de Dios ceden puesto todos los afectos de familia y los lazos de sangre, raza, nación o grupo cultural. En el evangelio Cristo reclama un amor más grande que a la propia familia. Jesús dice que si los lazos familiares significaran un obstáculo insalvable para la opción del discípulo por el reino de Dios, presente en la persona de Jesús, es el reino el que tiene la primacía de valor y de opción. No contento, diríamos, con la primacía sobre los afectos familiares, Cristo se reserva también la prioridad sobre la propia vida del discípulo. De tal suerte que el que quiere conservar su vida para sí, la pierde; en cambio el que la pierde por Cristo, la encuentra. La vida que se pierde o que se gana tiene aquí un doble sentido. Significa tanto la vida corporal o física como la espiritual o eterna, que es la plenitud de la primera. Solamente entregando nuestra vida a Jesús, que es la Vida con mayúscula, aseguramos nuestro propio destino; pero si queremos guardarla para nosotros, terminamos por arruinarnos, perdiendo la Vida.
Jesús invita en un modo de pensar y talante de vivir a tomar la cruz y perder la vida, como expresiones concretas de su seguimiento. El riesgo mortal no es situación habitual, salvo en casos de persecución, cárcel y tortura. Quizá nunca se nos planteen tales extremos, pero sí las pequeñas y continuas opciones entre Cristo y los deleites de este mundo que nos invita a vivir en la superficialidad. Esa es la radicalidad cotidiana, punto primero en el orden de cada día; no hay modo de seguir a Cristo y ser cristiano sino amando intensamente a Jesús. La mística del seguimiento por la cruz es monopolio del cristianismo porque fue exclusiva del estilo y doctrina de Jesús, y supera con mucho el ideal de todas las religiones históricas. Porque la autor renuncia cristiana no es pasividad fatalista ni droga alucinógena o narcótico sedante para el dolor, sino actividad fecunda del amor que destruye los criterios y centros de interés del hombre viejo, creando la vida del hombre nuevo con Cristo. San Pablo escribía a su discípulo Timoteo: “Es doctrina segura: Si morimos con Cristo, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él”. Desde esta perspectiva de Vida en plenitud no resultan negativas, duras y difíciles de asimilar las palabras de Jesús en el evangelio de hoy. La abnegación y el dolor, la cruz y la muerte no tienen valor en sí mismas, pues solamente son medios para un fin. Es su finalidad de vida lo que les da sentido y eficacia, como sucedió en el caso de Cristo. Nuestra gloria es la cruz de Cristo, podemos decir con san Pablo, porque es signo de vida y no de muerte, de liberación y no de esclavitud. Al término de su discurso misionero Jesús abre perspectivas gratificantes, hablando de recompensa, incluso por un vaso de agua ofrecido al hermano. Es un aliento que necesitamos. Su demanda de fidelidad radical tiene una contrapartida, un premio a la medida de Aquel de quien nos hemos fiado. Gloria a ti, Señor Jesús, porque nos llamas a tu seguimiento mediante una ejercitación espiritual liberadora de nuestro yo mezquino.

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