La Oración de Jesús

Padre, que sean uno como nosotros. Así Jesús, intercede por sus amigos ante el Padre antes de ausentarse, pues les había prometido el Espíritu de la verdad, que será su presencia perenne entre ellos. Pide al Padre que santifique a los discípulos en la verdad. La efusión del Espíritu será la consagración de los discípulos en la verdad. Esta consagración da al creyente acceso a la santidad de Dios y a la alegría cumplida, plena y rebosante de Jesús glorificado. Dos cosas indispensable para lograr esta meta: Mantenerse unidos entre sí por el amor, como Cristo con el Padre y el Espíritu; pues el amor forma parte esencial de la verdad de Dios, y aguantar y vencer con ese amor el odio del mundo en medio del cual tendrán que vivir. La nueva vida que es fruto del amor que Dios nos tiene, es posible para todo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Con esa fe seremos capaces de transformarlo todo, dentro de nosotros y en nuestro entorno: trabajo, estudio, vida familiar, problemas personales, compromiso social, enfermedad, soledad, ancianidad y muerte. Hemos de probar, ensayar y gustar esta nueva vida pascual convirtiendo el corazón a los bienes de arriba, aunque sin desentendernos de los hermanos, del mundo y de la gente. Considerémonos muertos al pecado y a sus obras, y resucitados con Cristo para Dios.
El gozo pascual de nuestra adopción filial por Dios pertenece al mundo de la fe; y ésta es, ante todo, experiencia vivencial, don y gracia de Dios. La nueva vida del bautizado tiene un estilo propio y definido que nace de la enseñanza, conducta y criterios de Jesús, nuestro maestro y hermano mayor. Y su manera de actuar fue amar a los demás y hacerles el bien. Solamente amando podemos testimoniar que creemos en Jesús y hemos renacido para Dios; porque el que no ama y el que odia, siguen en la esclavitud de la muerte, en la vieja levadura de la corrupción y de la maldad. El amor es el testimonio pascual que mejor se entiende y más convence; es además el sello de autenticidad del discípulo de Cristo, el signo de la primavera de la fe y de la vida. Al amor lo sostiene la esperanza de que lo ya iniciado en nosotros, la vida escondida en Dios, culminará en la resurrección final con Cristo, en nuestra victoria juntamente con él sobre el mal y la muerte. Nuestro testimonio pascual de la vida nueva ha de verse no solo como individuos, sino también como grupo y comunidad, como pueblo de Dios que sigue a Jesús. Amar a los hermanos, especialmente al más pobre, es testimoniar que en nuestra vida se ha realizado el paso de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del egoísmo al amor, del odio y la indiferencia a la reconciliación y la solidaridad.

Los apóstoles de Jesús no eran los mismos antes de la resurrección del Señor y después de pentecostés. Antes, tímidos y ambiciosos; después, audaces y serviciales. Llegado el momento de la prueba, delante del tribunal judío proclaman abiertamente: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Todo el que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido. La Iglesia de todos los tiempos habrá de repetir con san Pablo: ¡Av de mí si no evangelizo! Fiel a la denuncia profética y al propio testimonio, la comunidad eclesial ha de mantener una actitud de reconciliación, fraternidad, colaboración con toda causa justa del hombre, servicio a la verdad, a la libertad, al progreso humano y a la liberación integral. Y hacer todo esto, sintiéndose gozosa de sufrir por los ideales evangélicos, como los apóstoles y los mártires de todos los tiempos, bebiendo del cáliz del Señor. Este es el testimonio del amor cristiano que vence al odio del mundo.

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